MEDEA Y LOS HACEDORES DE MONSTRUOS
Por Ruth Ramasco *
¿Es posible contraponer la Medea de Eurípides y la de Séneca? ¿No coinciden ambas tragedias en exponer la imagen de una mujer que se ha tornado prototípica en el crimen y la transgresión? A mi juicio, si la miramos al trasluz o bajo el atisbo de la categoría de “monstruo”, no es así.
Al leer la Medea de Eurípides, algo en nosotros encuentra la tranquilidad de las razones ancladas en prejuicios atávicos y hegemonías sociopolíticas. Detrás de la mujer que ha cometido crímenes horrendos, asoma el racismo y la misoginia de Jasón quien, al ser interpelado por su complicidad en aquellos, rechaza las acusaciones con la superioridad del hombre griego. Medea ha recibido más de lo que cree haber dado: ha vivido en la Hélade, ha conocido la justicia, ha conocido las luchas bajo el imperio de la ley y no de la fuerza. Su nombre se ha vuelto palabra dicha en el mundo. Pese a ello, se opone a las acciones de Jasón (a su casamiento con la hija de Creonte). Un deseo hiperbólico es la conclusión de las palabras de Jasón: desea que los hijos fueran engendrados sin necesidad de mujer, pues así no habría mal para los hombres.
La figura y los crímenes de Medea no puede ser ya separada de ese cuerpo mixto que forma con Jasón; el Jasón cuyos propósitos fueron logrados a costa de los crímenes cometidos por Medea; el Jasón cuyas hazañas siguen siendo cantadas; un Jasón capaz de nuevos comienzos y una memoria vinculada a las hazañas de la nave Argos. La culpa para Medea, alguien que no es griego, alguien que es mujer; la inocencia para Jasón, griego y varón. A través de este reparto, asoma la trama de aquello que no es identidad singular sino construcciones colectivas, de alcance geopolítico.
Nos horrorizan el racismo y la misoginia. Mil veces hemos denunciado que eso es lo oculto tras decisiones sociales, económicas y políticas. Y mil veces pensamos que, al encontrarlos y nombrarlos, damos nombres a lo que nos resulta monstruoso. Al hacerlo, el horror es acotado dentro de los límites semánticos: se torna lo dicho, lo explorado; lo que puede ser desarticulado por la indagación y las preguntas; lo que puede ser objeto de debate, políticas públicas y acciones.
Ahora bien, ¿hemos hallado los monstruos? Mejor dicho, ¿hemos encontrado al monstruo, en su rostro profundo? Pues, dicho así, parece como si el monstruo fuera la resolución ideológica de nuestras apetencias de poder, nuestros intereses económicos de supremacía, nuestra justificación de las destrucciones requeridas para cumplir con la obtención de poder y riquezas. El significante “monstruo” envuelve lo otro, lo ajeno, pero no sólo eso: es aquello a lo que nos es lícito despojar, herir, utilizar, aniquilar de la faz de la tierra. Es también aquello (aquella, en este caso), a la que puede utilizarse como arma destructiva y luego separarse de la propia vida y sus decisiones, tal como lo hace Jasón.
La Medea de Séneca, que utiliza explícitamente el sustantivo “monstruo”, nos da otras líneas de pensamiento. Medea recuerda y nombra sus crímenes, los ya cometidos. Ha robado el vellocino de oro, riqueza de su reino, ahora un reino despojado. Ha matado, desmembrado y esparcido los restos de su hermano, para retardar la persecución de su padre. Con la seducción y las promesas de la mentira, ha inducido a las hijas de Pelías, a matar, desmembrar y hervir el cuerpo de su padre. Los crímenes de Medea, previos al asesinato de la hija de Creonte y del mismo Creonte, previos al asesinato de sus propios hijos, han herido algo más que a individuos singulares. El desmembramiento, la dispersión y la destrucción de los cuerpos en el agua, el aire, el fuego; la ruptura de vínculos con la tierra natal o el vientre (suelo por excelencia), han herido los elementos y los ha vuelto cómplices e instrumentos de la destrucción. Todo ha sido removido de su lugar, diseminado, aniquilado.
Pero en la Medea de Séneca, Jasón ha antecedido a Medea y Medea continúa su obra. Es Jasón quien, al abrir por primera vez los mares por la navegación, sin siquiera saber guiarse por las estrellas, ha desbaratado el orden del universo: ya nada queda en su sitio, pues el mar ha dejado de ser límite, y se ha vuelto camino. Es esa desmesura de Jasón la que ha traído a la Hélade a Medea, el mayor de los males; “Medea, un mal más grande que el mar“. La tragedia ha destacado la venganza del mar sobre los Argonautas, pues son ellos quienes lo han abierto.
Pero Medea no es algo maligno en sí. Y eso es lo que produce escalofríos. Frente a la nodriza, que la llama a la serenidad racional, puesto que la pérdida de su lugar, un lugar que no tiene caminos de salida (“Todos los caminos que abrí para ti los cerré para mí”, le dice a Jasón), parece mostrar que nada queda, Medea responde:
“-Queda Medea.”
Pero también dice, al ser llamada por su nombre:
“-… Llegaré a serlo.”
Séneca nos dice que Medea “prepara un monstruo, más grande que eso”. Pero no vemos surgir ningún animal extraño, ni ningún ser mixto, mezcla de hombre y otros seres. ¿Dónde está el monstruo? No lo vemos. En su lugar, cuando la muerte de sus pequeños, de quienes ya no se considera madre, está ya decidida, Medea afirma:
“-Ahora soy Medea.”
Ahora llega el paroxismo de la destrucción y la muerte, el fuego sobre el palacio y la ciudad; el asesinato de los hijos en lo alto del palacio, para que Jasón vea cuando mate al segundo, y sienta sus cuerpos, arrojados sobre el de su padre. En el ahora de la tragedia, ningún acto de justicia reabsorbe los crímenes dentro de sus límites y Medea escapa hacia lo alto, sobre dos serpientes con alas.
Al preparar el monstruo, Medea no produce otro ser, combinando partes de muchos seres y por ello distinto y ajeno a la imagen humana, aquellas mezclas o combinaciones en las que situamos lejos de la humanidad lo que no queremos que le pertenezca. No cambia de aspecto. Es ella, cuyo punto de partida es lo que queda, la Medea que queda después de lo hecho junto a otro, por otro, pero que ahora ha sido confinada a la culpa de los delitos y a la soledad. Sin hijos, porque se ha decidido que queden en Corinto. Medea toma en sus manos esta Medea solitaria y criminal, para llevarla a su paroxismo. “Llegará a serlo”. Y lo hace. No acepta el exilio del monstruo, la extranjería con la humanidad. Al inscribir en su piel, en sus manos, la muerte terrible de los niños, el fuego y la destrucción, grita a todos, con voz humana, con rasgos humanos, que los monstruos son la capacidad de destrucción que no podemos enviar al exilio. El exilio representado por la categoría “monstruo”. Son la posibilidad de destrucción de todo, presente en nosotros, cobijada en nosotros. Cuando vemos alguno, es porque la humanidad ha logrado prepararlo, construirlo entre muchos. Somos hacedores de monstruos y la insolente figura de Medea nos recuerda que es así.

* Ruth Ramasco
Dra. en Filosofía y escritora. Profesora Titular de Filosofía Medieval en la UNT y en el Seminario de Tucumán hasta fines del 2023. Directora del Departamento de Filosofía de la UNT desde el 2016 al 2021.
Autora de 6 libros y numerosos artículos. Conferencista.
