La belleza de los monstruos. Sobre el miedo y la alquimia

Publicado el 22 de enero de 2026

Mi primer recuerdo de lo monstruoso fue a través de una imagen.

A mis 19 años comencé un taller de autorretrato, en donde las consignas semanales disparaban diversas búsquedas estéticas y simbólicas. Una de ellas era hacer un autorretrato post-mortem. La paradoja de autorretratarse luego de morir me abrió un canal de juego monstruoso.

Me puse el vestido de casamiento de mi abuela, un hermoso vestido de seda floreado, desgarrado por el tiempo y por mis múltiples intentos de entrar en él, y me senté en su habitación. A mi lado yacía el arcón que mi bisabuelo trajo de Alemania cuando escapó de la Primera Guerra Mundial, escondido en un barco.

Me pinté la cuenca de los ojos de negro y, con una tela negra, desfiguré mi propia forma. Jugando, me di cuenta de que ese retrato no consistía en actuar mi muerte, sino en componer, a través de mi imagen, la podredumbre de todo mi linaje.

El resultado fue monstruoso.

Monstruoso, y, curiosamente, bello.

Es interesante cómo, a través de lo monstruoso, no trazamos una línea entre el bien y el mal, sino entre lo feo y lo bello. Uno de los principios planteados por El Kybalion dice: “Todo es doble; todo tiene dos polos; todo, su par de opuestos”. Entre polos opuestos existe una línea que los une, en donde cada punto intermedio es un matiz. Lo feo es el grado opuesto y complementario de lo bello, y viceversa; pero no podríamos unir en una misma línea lo feo con lo bueno. No hay correlación.

Apoyándonos en esta teoría, toda belleza contiene fealdad, y toda fealdad es, de algún modo, bella.

Con estos juegos de fealdad monstruosa encontré yo así mi propia belleza, y se convirtió en una búsqueda permanente en lo estético, lo espiritual y lo real.

Lo monstruoso encuentra armonía en lo deforme, lo fragmentado, lo mal ensamblado, lo inconexo, lo frágil y lo que está en estado de putrefacción. Tiene una cercanía con la muerte, con el inframundo, la vergüenza, el miedo y con todo aquello que queremos oculto, bien abajo de la alfombra… que no se vea.

Lo interesante de lo oculto es que siempre tiene su revancha a través del deseo, y es portador tanto de belleza como de verdad. Cuanto más enterrado está, más monstruoso se vuelve y, análogamente, más atractivo nos resulta. Parece paradójico que aquello que ocultamos sea precisamente lo que más nos llama, pero tal vez lo escondemos para evitar la gran explosión de belleza que podría ocasionarse si liberáramos al peor monstruo enterrado dentro nuestro. Quedaríamos vacíos.

Personalmente encuentro en el arte un gran catalizador de belleza monstruosa, y reconozco que suelo ser seducida por aquellas producciones que, bajo mi caprichoso criterio, exponen la monstruosidad de forma transparente. Y con esto no me refiero a que el contenido tenga que ser grotesco, oscuro o sucio, sino a que evidencie el núcleo transformador de su esencia.

A este proceso de catalización me gusta pensarlo como parte de un proceso complejo llamado “Alquimia”.

Y fue precisamente esa atracción hacia lo monstruoso lo que me llevó a aventuras alquímicas muy curiosas.

En 2022 atravesé un gran proceso de crisis y muerte personal que me llevó a verme a mí misma en estados hiper monstruosos, alejados de lo que previamente había entendido que significaba habitar en este mundo como ser humano. De la crisis brotaron lentamente atisbos de un nuevo álbum basado en la muerte.

El proceso me obsesionó de tal manera que mi búsqueda me llevó a lugares muy peculiares relacionados con el mundo de los muertos, y con mi grabadora portátil me dediqué a registrar cuanto más pude.

La primera experiencia fue en el monte Kōyasan, un pueblo de monjes budistas japoneses con el cementerio más grande del país. Había investigado un ritual en donde enterrar un poco de cabello funciona como una renuncia simbólica y cierre de ciclos.

Así fue como me encontré enterrando mi cabello en un cementerio budista, en un monte alejado de Osaka, haciendo un hueco en la tierra en temporada de Yokais.

Esa noche un Yokai sin mandíbula me habló en sueños, en un idioma extraño, con su mejilla partida y sangrante pegada a la mía. Sentí miedo y, por consiguiente, sentí más atracción. Al día siguiente, reescuchando los audios del cementerio, aparecieron interferencias, cuervos y seres sonoros de dudosa procedencia.

Japón había sido mi gran fantasía monstruosa desde chica y, desde ese día, el ciclo se cerró. Me fui a morir a Japón y me enterré viva.

Pero, como toda muerte verdadera, no fue un final, sino un pasaje. La muerte también me llevó a México. O eso pensaba.

México se pegó a mí sin casi darme cuenta. En mis clases de exploración sonora que doy online conocí mucha gente que me abrió las puertas para que mostrara mi música, y organicé, junto a otras artistas, una gira por la ciudad. El cierre coincidió —no por casualidad— con el Día de Muertos.

Mi obsesión nigromántica me colocó en una posición de escucha activa, y los monstruos no tardaron en venir: aparecieron en chorreaderas negras por la ventana de mi habitación. La Ciudad de México es tan bella como monstruosa, y no dudó en despedazarme y dejarme rendida ante lo que quiso mostrarme. El control ya no estaba en mis manos.

Una noche acompañé a un amigo mientras trabajaba en su taller, y me sorprendió ver cómo manipulaba los materiales para crear estrafalarias y mágicas obras de arte. “Sos alquimista” , le dije, mientras construía espejos negros con acetato y aerosol. Y en ese momento entendí lo que había estado aprendiendo yo todo ese tiempo.

Un hombre me dijo en Día de Muertos, luego de invitarme un par de mezcales: “En México decimos que en una mano está Dios, y en otra, la muerte. Ella está ahí, a la vuelta de la esquina. Un día estás, y al otro no estás más”

El miedo a la muerte y la putrefacción del cuerpo me resulta el monstruo por excelencia. Abrir el arcón del bisabuelo para retratar la muerte se siente como ese famoso capricho de Goya.

Es muy curioso que El sueño de la razón produce monstruos pareciera una frase moralizante a favor del pensamiento racional. Sin embargo, me gusta leer ese capricho como el ingrediente necesario para liberarlos.

Nunca conoceremos lo bello si no conocemos lo feo y lo saboreamos: son las dos caras de una misma moneda.

Al dejar salir para afuera el monstruo nos vaciamos, y, a pesar del terror que eso puede generar, en el fondo sabemos que no hay placer más grande que liberarlo.

Porque eso también nos hace más libres: nos hace alquimistas.

Entre sus obras se encuentran piezas sonoras-visuales y performáticas como “El silencio y la Sombra” y “Ushuaia”. Estas piezas han sido presentadas en vivo en espacios culturales como MUTEK, Centro Cultural Kirchner, Centro Cultural San Martín, en Bs.As. y Centro de Cultura Digital y MUAC en Ciudad de México.

Desde 2023 conduce el “Seminario de Atmósferas Sonoras”, un espacio de formación artística sonora que reúne artistas de todo latinoamérica, recibiendo el reconocimiento de Ableton Live.

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