Cuerpos Monstruosos
Por Ana Inés Bertón
Publicado el 05 de febrero de 2026
“¿De dónde sale la belleza? Del horror.”
(Ariana Harwicz, El ruido de una época, p. 56)
La pesadilla de una adolescente motiva la escritura de este ensayo. Un grano minúsculo salía disimuladamente en su frente, no era perceptible al tacto, ni visible en el espejo, pero aún así era tildado de asqueroso por sus compañeros de clase. Al despertar, angustiada, escribe: mi cuerpo es monstruoso.
Lo monstruoso en la actualidad pareciera ser más lo que escapa del reino de lo aesthetic a lo monstruoso como encarnación de un mal. Si prestamos atención a las últimas producciones audiovisuales sobre las figuras que en otro tiempo consideramos monstruos, podemos ver el empuje en aumento a empatizar con ellos y con los villanos. La criatura de Frankenstein, Maléfica y varios asesinos en serie dejaron de ser las presencias temidas que podían hacernos daño para ser las víctimas de una familia disfuncional o de una sociedad en crisis. Es llamativo como, por un lado, se disculpan las más crueles atrocidades y, por otro lado, se marca una fuente intolerancia por cualquier atisbo de monstruosidad estética.
El cringe generalizado
Esta fuerte intolerancia a las imperfecciones estéticas es lo que domina hoy la vida de los adolescentes que viven bajo la vigilancia extrema de sus pares en la cultura del cringe. El cringe, un anglicismo que se ha instalado con fuerza en redes sociales como TikTok o Instagram, define una suerte de sensación corporal de encogimiento producto de la vergüenza ajena o miedo a hacer el ridículo. La pesadilla a la que me referí al inicio muestra muy bien este punto: la imperfección no era perceptible para la soñante ni mediante el tacto ni mediante su propia mirada, pero sí lo era ante la mirada de los demás. La imagen escalofriante no era la de su propio cuerpo – al que luego nombra monstruoso- sino la de la mirada de sus compañeros, un imaginario que funciona como un real que la despierta.
El miedo al ridículo no es un asunto novedoso, pero está exacerbado en estos tiempos por no tener pausa. En cualquier momento se corre el riesgo de estar siendo filmado y subido a las redes: en clase, entre amigos e incluso en el seno familiar. Una púber me enseñó este aspecto de manera muy clara. Relató los sucesos de una fiesta en la que podría haberse dado su primer beso, pero en ese momento interrumpió el encuentro porque una señora estaba filmando la fiesta con el celular. Si besaba mal, si el chico era posteriormente tildado de feo por sus amigas, si ella misma se arrepentía, no habría forma de negar lo sucedido puesto que habría “evidencia.”
La posibilidad del escrache es constante, y si bien los adolescentes se defienden de ello posando a propósito con “caras feas” en las fotos, minimizando lo más posible los tiempos de duración de los mensajes en redes sociales o directamente no subiendo ningún tipo de contenido, no hay manera de defenderse del riesgo a la exposición inherente a portar un cuerpo.
Skincare y maquillaje para todos
Paradójicamente fue en la pandemia cuando se instaló el boom del cuidado de la piel en niñas y adolescentes. Digo paradójicamente porque fue en un tiempo en el que la skin que parecía tener más relevancia era la del avatar que servía como una suerte de identidad gamer para jugar con otros. En este período fue notorio cómo muchos niños y adolescentes se adaptaron rápidamente a socializar mediantes los gadgets sin necesidad de encuentros presenciales, dejando en evidencia que “en el imperio de las imágenes se sustrae la experiencia del cuerpo de una manera brutal”1 y empezando a preocupar al mundo adulto por el exceso de sedentarismo.
Aún así, con los cuerpos confinados y los rostros parcialmente cubiertos, las niñas empezaron a demandar jabones y cremas para limpiar sus rostros de las impurezas tal cual lo hacían las streamer de turno. Aquello que parecía una conducta de cuidado se convirtió en un ritual que fue sumando pasos conforme la edad del consumidor aumentaba: jabón, astringente, tónico, crema hidratante, base de maquillaje, corrector de ojeras, contorno y la lista sigue. Pasos y cada vez más pasos para eliminar cualquier tipo de imperfección, cicatriz o marca particular. Se busca una piel homogénea y perfecta como la que ofrecen los filtros de la cámara, una piel que no deje ver ninguna marca de que el cuerpo haya vivido los embates del sol, del consumo de chocolate y mucho menos del paso del tiempo.
Espejos
La imagen que nos devuelve el espejo siempre es problemática, incluso en el campo de las neurosis. Desde el inicio vemos en el espejo un ser extraño al que posteriormente le atribuimos la imagen del Yo, es esta imagen la que nos da la idea de un cuerpo unificado que perdura en el paso del tiempo, pero que nunca es tan lindo, tan flaco, tan gordo, como creemos que es. Hay siempre una especie de distorsión, una distancia entre el cuerpo que se cree tener y el que se refleja. Sin embargo, diré una obviedad, para que haya un reflejo es necesario un cuerpo material presente. Los gadgets y el avance de la IA al servicio de las redes sociales nos enseñan que el cuerpo material es cada vez más prescindible para que el reflejo aparezca.
Si Freud consideraba que el doble del espejo solo en un inicio podría considerarse como una desmentida del poder de la muerte fue porque luego de superada la fase de narcisismo primario del niño pequeño, el doble “pasa a ser el ominoso anunciador de la muerte”2. ¿Pero qué pasa con la imagen filtrada y mejorada que nos devuelve el espejo distorsionado de la selfie?, ¿no sirve acaso como una desmentida momentánea de nuestra finitud?
Pienso que sí, y que es justamente por esa ilusión sostenida que la virtualidad ofrece casi todo el tiempo que cuando el cuerpo real emerge se asemeja a una especie de monstruo desconocido que amenaza con exponer la humanidad -y mortalidad- de quien lo porta.
En la clínica con adolescentes se hace cada vez más evidente la importancia de hablar del cuerpo y sintomatizar las inhibiciones que mantienen al cuerpo lo más dormido posible porque renegar la castración mediante la imagen no sólo sirve por un rato sino que impide portar un cuerpo deseante, un cuerpo vivo que se soporte imperfecto y no monstruoso.

Ana Inés Bertón es psicoanalista Miembro EOL AMP. Responsable de la Secretaría de Carteles EOL Delegación Uruguay. Maestrando en Clínica Psicoanalítica de la UNSAM
