Extrañar la realidad

Publicado el 19 de febrero de 2026

Él entendió que no necesitaba enloquecer, 
que la realidad ya había enloquecido por él
(Para hechizar un cazador, Luciano Lamberti).

Escena relatada por un testigo: 

“El cubículo interior de un taxi, dividido por un plástico, transporta en la parte trasera a una mujer. Cubierta por una máscara que se empaña cuando el vapor de la respiración traspasa las dos capas de barbijo que le cubren la nariz y la boca, no emite palabras. Se comunica con el chofer mediante señas a través del espejo retrovisor. El auto se detiene a unos metros de la entrada del cementerio. Pocas personas caminan detrás de la carroza fúnebre. La mujer apoya su mano envuelta en un guante de goma sobre la ventanilla. Su hijo y la hermana de su marido la saludan a la distancia. No llega a ver el ataúd”. 

Si seis años atrás este mismo fragmento era encontrado en una novela o cuento, rápidamente se hubiera adivinado una escritura distópica, postapocalíptica. Hoy al leerlo, lejos de la imaginación y los vaticinios futuristas, estremece por las resonancias de la realidad cotidiana vivida durante la pandemia por COVID-19 en el 2020. 

El siglo XXI se destaca por su condición de estallido permanente. En el primer cuarto de siglo ya hemos perdido la cuenta de los enfrentamientos bélicos que se libraron alrededor del mundo, los desastres naturales, las revoluciones tecnológicas y las amenazas ambientales, una de las cuales provocó el acontecimiento traumático mundial más reciente. Si lo monstruoso y terrorífico aparecían para inventar un simbolismo posible para lo inenarrable del siglo XX, lo transhumano, cibernético y postapocalíptico, que tenían un lugar privilegiado en lo fantástico y la ciencia ficción, acuden a lo deformado y excesivo para encontrar vías de representación de los tiempos que acontecen. 

Los parámetros que ordenaban la realidad como la conocíamos fueron vulnerados por designios naturales y culturales. A la caída de los grandes discursos, que dio inicio a la posmodernidad, se le adosa la fragilidad de la existencia como rasgo sobresaliente de la época: el aire que respiramos, las superficies que nos rodean, el agua que bebemos y las tecnologías de las que dependemos pueden ser letales. 

Lo ominoso sustituye la sensación de cotidianidad, de normalidad. El realismo, eso que se identificaba con la realidad, se fusiona y confunde con lo distópico, con lo raro, lo desconocido de la vida diaria. Aparecen, entonces, relatos amorfos, fragmentados, en los que los lugares son narrados con un desafecto que no proviene de su localización en una galaxia desconocida, sino de la desnaturalización del mundo. Del enrarecimiento de la existencia a causa del desarrollo tecnológico, el desapego a los principios que sostenían las bases de la humanidad y el avance de la voracidad capitalista sobre los recursos naturales. Lo inquietante, perturbador y fascinante en estas ficciones es que develan lo siniestro, como lo describe Freud: aquello familiar que al desfamiliarizarse, es decir, al correrse de lugar se vuelve terrorífico por su relación con lo conocido y propio.

Las producciones artísticas de los últimos tiempos abandonan los saberes de la imagen idéntica y se adentran en lo monstruoso y abyecto para escribir y reescribir la ficción. Dice Marien Adrien y Silvia Sánchez (2018): 

Ficciones que configuran identidades parciales, fracturadas, contradictorias, en procesos de desidentificación, en diáspora. Narrativas de de-formaciones, donde se elige des-aprender lo adquirido, desarticular los lenguajes de la norma, para transicionar hacia otras formas de subjetividad y de producción de la vida.

La literatura funciona como instrumento de lectura de la época. Los cuerpos marginados, olvidados, las vidas precarizadas, violentadas, los límites del lenguaje, lo ambivalente son elementos que la ficción contemporánea toma y codifica. Los lenguajes estéticos, dice Gabriel Giorgi (2009), apuntan hacia lo singular y dejan ver aquello que disloca los modos de inscripción social, jurídica y política de lo humano. 

Novelas como Elementos para una pesadilla, de Juan Mattio, La infancia del mundo, de Michel Nieva, Amigdalatrópolis, de B.R. Yeager, Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores, de Roberto Chuit Roganovich son escrituras de lo monstruoso de la época en clave de cyber punk, weird y ciencia ficción, sobre un fondo realista que dialoga con la época y el futuro cercano. 

En Espectros de Marx, Jacques Derrida explica que en la manifestación espectral cabe la posibilidad de convivir, en un mismo espacio-tiempo -que siempre es indefinido e inhabitable para esa fenomenología-, aquello muerto con lo imposible de enterrar. Son los restos de lo traumático: lo que no logra hilvanarse en una trama que recubra el agujero. Algo de eso traumático, dice Freud, debe inscribirse como un representante significativo que pueda reprimirse para volver en formaciones del inconsciente, de lo contrario retornará de modos inadvertidos para el sujeto. Como espectros de lo Real, plantea Mark Fischer, que insisten y circundan. Y aunque se haga hasta lo imposible para evitar tener noticias de lo que anuncian, irrumpen y aparecen como raptos de angustia, accidentes, síntomas que interpelan; y, también, como perros fantasmas y fuerzas del cielo que gobiernan naciones.  

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