El monstruo del corazón. Una geografía invisible

Publicado el 29 de enero de 2026

Estoy mirando un gesto. No puedo tomarlo por completo. No puedo saber si los ojos son solo ojos cuando se hacen agua. Hay tiempo dentro del cuerpo.  Caigo en el embudo de la contingencia ¿Quizás el mundo entero entra en el entrecejo de un actor? Alguna vez he visto nacer un monstruo. No tengo memoria selectiva, más bien tacto de lo que impresiona. Cosas que entraron por las manos.

Alguien se ha sentado actuar sin personaje, sin el hilo de la narración, a la deriva del tiempo y a mí me toca estar cerca, quizás solo a un metro, no mucho más. Sé que veré con el privilegio de la intimidad la escalada en plano cerrado, bien cerrado. La transformación sin acción y eso será demoledor para él y para mí, porque ahí sucederá lo inevitable y no habrá mucho más por hacer. 

Los ojos están fijos, no muertos, fijos, buscan en brevísimos movimientos retraerse, el aire del cuerpo se estaciona en la zona de las mandíbulas, como si todo se dilatará para no soltarse más. La cara se pone rosa, suda, de repente sin barro está sucia, hay saliva cerca del borde de los labios. La cabeza se inclina, se cansa, se mueve. Desde afuera le pido que diga que está actuando y lo dice, con mucha dificultad, pero lo dice y el cuerpo avión nuevo que tiene va por el espacio sin desplazarse sabiéndose una ficción. Yo puedo acercarme más, y un poco más y tocar su pecho. En mi palma siento la actuación latiendo, con la fragilidad de perderla, quiero decir que muera. Una alteración de las distancias, de las distancias mínimas, esas que le dan sentido al cuerpo, que nos hacen percibir dónde está la boca, y donde se termina. Una conciencia de la obviedad propia de lo que sabemos de memoria con los ojos cerrados.

De repente saltar a la ficción es una sobra de espacio, de desubicación de las partes, de corrimiento de lo conocido y eso asusta. Sin embargo, creo que la invitación a desarmar la forma única del cuerpo propio es una potencia de vida. Nacer monstruo en un instante de la vida organizada, en una clase de teatro, en una clase de teatro en Tucumán, con la tonada donde la erre se corre, donde las palabras suenan sin final. 

Es una cosa misteriosa la actuación porque no tiene un mapa fijo, se quiebra todo el tiempo. El cuerpo es un desborde móvil de algunas firmezas dispuesto a perderse. Creo que lo que más me convoca a querer ser docente de actuación es que no vamos a lugares que tengan nombres, no conocemos el destino porque lo vamos construyendo. Un juego con lo invisible, con la intuición compartida.

La verdad que no entiendo muchas veces como se organizan las cosas, las que están más predeterminadas tienen algo de lo que debería ya saber de antes, me cuesta, me entrampa y siempre me gana. Justamente ayer tomamos medidas de la casa donde vivimos, los números dieron menos que la sensación espacial de estar aquí dentro. El cuerpo me dice otra cosa será entonces que el problema es la casa o mi propia distancia ¿Cuánto espacio sobra dentro de un cuerpo? ¿Cuánto pesa la zona de la fragilidad en los metros de una casa? 

Actuar es tan parecido a vivir que podría ser exactamente lo mismo, pero resulta que ahí está su encanto y su trampa enorme, porque estamos en superficies distintas, hay otros ríos y otra vegetación. En las clases usamos mucho un ejercicio del “casi”, “casi que bailo”, “casi que lloro”, “casi que podríamos ser amantes”. Desviar la posibilidad, abre la geografía del espacio, de la disponibilidad física, pudre sutilmente y con mucha poesía la cosa. Un divague en el sentir, en el movimiento. Esto que digo aquí es fácil de comprobar cuando se lo ve, la no definición, hace que el cuerpo no se entregue a la obviedad y cuanto más se tensa esa idea hay más riesgo poético del nacimiento de un monstruo. En el teatro necesitamos que eso ocurra, ir un poco más allá, romper la forma, que luego deviene en romper la idea, porque en definitiva ese cuerpo potente y desviado, pelea todo el tiempo con su sujeción de la idea previa, una garantía de futuro para sobrevivir. En la pileta de la actuación hay que saber que la muerte es una gran posibilidad, muchas veces sucede que alguien está parado, y sabe que actúa y el cuerpo está tomado de un tono, y suena bien, quiero decir el ritmo de su lengua tiene la misma suciedad que su tono físico, eso cuando pasa es precioso y muy difícil de hacer, pero puede ocurrir, que algo piense, asocie, sienta, y se suelte. Seguramente va intentar pelear y volver a sostenerse y quizás no lo logre. Se va a hundir, va a caer la actuación y acudiremos a la fantasía de una muerte en nuestras manos. Se vaciará el cuerpo y necesitará del tiempo y el juego de las distancias físicas para volver armar el mapa y marcharse otra vez a la ficción. 

Me alegra actuar, mirar actuar, me despierta la percepción, me agita el cuerpo, me desordena y puedo ver el movimiento del horizonte. Pero no puedo dejar decir también que a veces quisiera que se funda la cosa, que me canse de hacer esto y que me deje, como unas vacaciones de la sensación de estar abierta al juego de la poesía física. Pero lo cierto es que no me pasa y deseo volver y me parece que es porque sin eso no podría leer el silencio de las cosas. Y eso es un poco el oxígeno para los momentos tormentosos, para las rutinas mecánicas, para los diálogos vacíos. Y los trabajos sin asombro. Leer, leer en la actuación. Leer para poder entrar. Me interesa mucho poder apreciar esa posibilidad de despliegue que sucede en este acto de juego corporal y expresivo de actuar. Es algo áspero lo que sucede. Arde un poco. Como dije antes cansa, incluso es grosero a veces porque actuar es excesivo aun en los registros más bajos, porque el solo hecho de estar ahí es una afirmación desmedida de existencia y doble juego. Estoy sabiendo que estoy, me voy a morir sabiendo que nadie se muere aun cuando todos no dejan de morirse en la ficción todo el tiempo. Una fantasía dada vuelta. Puesta al revés. Y ahí el lenguaje enloquece, pero para bien. Se atan imágenes, con sonidos conocidos, con palabras que nos han dicho en la infancia, saliva, gesto, resistencia. Todo entramado de nuevo, pero al mismo tiempo se ve el proceso en que eso se hace. Como se acomoda el cuerpo, el gesto, el otro tiempo del aire interno. Una desregulación de la sangre. Una explosión del corazón.

No hace mucho tiempo después de una clase una alumna que estaba apenas llegada a estos asuntos de actuar me dijo que había podido mirar, mirar a los compañeros y en ese instante los ojos de ella se hicieron casi agua. No me dijo más nada y se fue. En muy pocas palabras me dejo ver su salto, y el espacio por donde iba a empezar andar ¿Cuál es el recorrido que hacemos los humanos para caminarlo al mundo? ¿Es en el acto poético dónde podemos ver la crudeza de los trayectos, el revés de la atadura? A medida que va pasando el tiempo el corazón puede ablandarse, el corazón de un actor puede ablandarse, ser más entregado, los monstruos tienen el corazón tierno porque van a la deriva, viven con desesperación porque saben que la ficción los va a traicionar en algún momento. Ella tiene bordes y es filosa. Mi casa también tiene bordes, se dispone para ser caminada más allá de su tamaño y ahí yo acomodo objetos y es el lugar donde escribo, y hago unos dibujos para las clases, como un gráfico de los ejercicios. Me explico el movimiento, y después me voy al dormitorio donde tengo un espejo y hago apenas algunos movimientos de eso mismo que escribí. Como si actuará con la intención no de ser vista, sino de percibirme para entender lo que quiero hacer. Hacer un poco, escribir con líneas. No estoy segura que esto sirva para mejorar la tarea docente, pero a mí me sirve para saber que actuo, que tengo cuerpo. Y siempre se me activa la zona del pecho, siento el aire entre ancho de los hombros. Me alegra este ritual de la actuación que podría no ser nada, y fundirse con la liviandad de la casa, pero no, salta a líneas invisibles y sobrevive un instante, una respiración. Me deja ver.

Intuyo que los puntos de vista para ver el mundo se arman de una sucesión de micro movimientos no sólo físicos sino del peso de las cosas del cotidiano. Una posición que encontramos por acumulación de vida. Entonces, los puntos vistas para poder mirar actuar y enredarse con su misterio también vienen del paisaje que caminamos, de lo que tocamos. De esa textura de las cosas de un lugar. Las ventanas de donde vivo dan a otros edificios, pero pillan pedazos de cielo. Se ve el celeste como tapa de libro recién comprado y una diagonal de ventanas desgastadas de los otros edificios viejos. Una síntesis despiadada de la vida, de la alegría y la desgracia detrás de la persiana. Me olvido de mi paisaje cotidiano sino lo miro, pero solo un poco, no puedo escaparme del mapa donde hago pie. Ahí mismo es donde puedo acumular decenas de cuadernos de teatro, anotaciones de actores, de gestos, de una escena futura. Una prueba de todo lo que se pierde en la actuación y toda la resistencia para que algo quede.

Actuar no es una cosa general es un asunto de lo especifico. De lo singular. Es una cosa seria. Muy seria. Se mete en lo profundo de una vida, se dispersa en ella, la arrebata. Es una fuerza desmedida, bella y peligrosa que transforma el corazón, que remueve las aguas y deja crecer nuestro imposible monstruo.

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