MANIFIESTO SOBRE EL ORDEN Y LA DIFERENCIA
Ensayo Editorial

Por Gonzalo Rodriguez *

Movimiento uno
La Tierra

Ya en aquella reflexión sobre la historia universal Carl Schmitt señala la naturaleza terrestre del hombre: “El hombre es un ser terrestre, un ser que pisa la tierra. Se sostiene, camina y se mueve sobre la tierra firme. Ella es el punto de partida y de apoyo. Ella determina sus perspectivas, sus impresiones y su manera de ver el mundo1. Así nos advierte del desvergonzado antropocentrismo que bautiza el planeta que contiene tres cuartas partes de agua.

Sin embargo, solo falta asomarse a la orilla para impactarse por la desmesura del mar, su abismal propuesta nos abruma. Su falta de referencias imposibilita ubicarnos, quizás eso lo convierte en escenario de las mayores aventuras. Porque si la tierra es firme y nos sostiene, el mar es inestable y vacilante. Si la tierra es punto de apoyo, el mar se pliega, cambia de forma. 

Si en la tierra encontramos la identidad, en el mar la diferencia. 

Movimiento dos
Monstruos marinos 

Desde la antigüedad, los monstruos marinos (dragones, serpientes marinas, cetáceos gigantes) han representado el caos y las fuerzas indómitas de la naturaleza. En la mitología grecorromana, seres como el kêtos enviado por Poseidón contra Andrómeda o Escila y Caribdis en la Odisea simbolizaban los terrores del océano, el mal y el peligroso límite del mundo conocido que los héroes debían enfrentar. Así, el combate mítico (por ejemplo, Perseo derrotando al kêtos) tenía un cariz simbólico: la victoria del orden (divino o heroico) sobre el caos monstruoso.

En la escritura bíblica aparece el Leviatán, un dragón marino gigantesco mencionado en Job 41. El Leviatán, encarna las fuerzas del caos y la oscuridad, pero a la vez resalta la soberanía divina: Dios lo derrota para mostrar su poder sobre el mal. En la interpretación teológica, nuevamente, la derrota del Leviatán simboliza la victoria del orden sobre el caos. 

En tradición nórdica el Kraken es descripto como un monstruo del tamaño necesario para ser confundido con una isla, su forma es semejante a un pulpo o calamar y sus tentáculos capaces de arrastrar barcos enteros al fondo del mar. Este monstruo abismal del mar representa, en la narrativa nórdica, aquello inconmensurable que amenaza el cosmos ordenado. Nuevamente símbolo de lo peligroso en la travesía hacia lo desconocido. 

El siglo XX no está exento de terrores marinos: aunque el monstruo moderno carece de cuerpo, la forma tecnocientífica no borra el espanto, lo traduce en los términos de su discurso. 

En la zona trazada entre Miami, Bermudas y Puerto Rico, las crónicas enumeran desapariciones célebres. En 1800, el USS Pickering se desvaneció en la ruta de Guadalupe a Delaware con noventa y un hombres a bordo, sin dejar rastros. En 1824, el USS Wild Cat zarpó de Cuba hacia Thompson’s Island con catorce tripulantes y nunca llegó a destino. En 1963, el SS Marine Sulphur Queen se perdió cerca de la costa sur de Florida con treinta y nueve tripulantes. Se estima que cincuenta barcos y veinte aviones han desaparecido en esa zona, sin dejar rastros, restos flotantes ni cuerpos, como si el mar se los tragara. La monstruosidad marina moderna no tiene materialidad: apenas una forma geométrica; parece ser un cálculo sin solución, una distorsión temporal o una dimensión desconocida para el hombre.

Movimiento tres 
Hombres del mar  

En la antigüedad los navegantes eran visto con ambivalencia: admirados por su audacia, pero sospechados por su cercanía al caos marino. 

Hesíodo aconseja evitar el mar salvo necesidad2: la navegación es útil y audaz, pero peligrosa y, sobre todo riesgosa cuando la mueve la codicia o la insensatez; mejor tierra firme. Recordemos que la gloria de Ulises depende de acercarse a lo que la ciudad teme, y volver vivo para contarlo. Homero advierte que su virtud principal es la mḗtis (astucia), no la fuerza. La mḗtis se admira, pero roza el engaño: en la polis eso es útil, y a la vez, sospechoso. 

La vida en contacto con el mar se vuelve sospechosa también para Platón, que en el libro IV de Leyes3, en boca del Forastero, desaconseja fundar una ciudad a orillas del mar. El comercio portuario llenaría las calles de mercaderes, la mezcla de forasteros volvería inestable el carácter cívico y el poder naval fomentaría hábitos contrarios a la virtud política. Prefiere por lo tanto, una ciudad autosuficiente y no volcada al comercio marítimo. Mejor un asentamiento interior con puertos, sí, pero a distancia y bajo control. 

En el medioevo el mar se cargó de simbolismo religioso. Los marineros eran visto como hombres rudos, a menudo sospechados de impiedad. El marinero vuelve a ser un hombre de frontera: necesario para el comercio, las guerras y las peregrinaciones, pero moralmente vigilado; demasiado mar para el orden parroquial. El 8 de junio de 793, cuando la comunidad rezaba en la isla santa de Lindisfarne, naves vikingas desembarcaron y la tripulación irrumpió en el monasterio de San Cutberto: saqueo, matanza, cautiverio y profanación de reliquias. Ese golpe, inesperado y brutal, es recordado como el inicio de la Era Vikinga en Inglaterra. Las crónicas anglosajonas narran que hombres paganos devastaron la iglesia de Dios. La lectura cristiana fue inmediata: señal de castigo y conmoción religiosa. Desde la corte carolingia, Alcuino de York escribió cartas que circularon por la cristiandad: “Nunca antes se vio en Britania terror semejante… la iglesia de San Cutberto salpicada con la sangre de los sacerdotes”4. Esa voz fija la mirada de la costa cristiana sobre los vikingos: “bárbaros del mar” que llegan a quebrar el orden monástico.  

La modernidad también marca una tensión en el mar. Por un lado, es el espacio de conquista y progreso: la técnica vuelve medible el océano, compañías y Estados trazan rutas, levantan puertos y aduanas; se ilumina la exploración y explotación marítima. Por otro, viste la monstruosidad del océano con bandera negra. Las representaciones del pirata nos son por demás conocidas -sobre todo en su Edad de Oro caribeña- : rostros escondidos en una barba espesa, pistolas en el pecho, desaliñados e impiadosos. Encarnan así la amenaza al comercio y al orden en tierra firme. “Pirata” no es solo un oficio: es un rótulo jurídico -hostis humani generis, enemigo del género humano- que permite a cualquier Estado perseguir, juzgar y colgar sin fronteras. La diferencia con el corsario no es moral sino administrativa: el corsario roba con patente (carta de corso) cuando conviene a la Corona; cuando ya no conviene, esa misma Corona lo llama pirata. La ley del mar dibuja así su propio monstruo. No hay un afuera absoluto, el pirata es producto inmanente del orden marítimo que explota. 

Movimiento cuatro 
El sueño de la razón produce monstruos

En los comienzos de la Ilustración, Kant soñaba con una sociedad que, poco a poco, abandonara el estado de barbarie gracias al ejercicio de la razón. El término alemán Aufklärung5 da la clave del espíritu del movimiento: dar claridad, arrojar luz sobre los pueblos, liberarlos de la ignorancia, la superstición y la oscuridad (donde habitan los monstruos). Si bien la revolución científica del siglo XVII ya había transformado el saber, aún quedaba restringido a ciertas élites. La Ilustración pretendió difundir ese conocimiento a la gran masa social: la Enciclopedia de Diderot y d’Alembert es, quizás, el ejemplo más claro. Pero el proyecto ilustrado no era solo gnoseológico, sino también ético, universal y totalizante. El imperativo categórico kantiano “Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad siempre pueda valer al mismo tiempo como principio de una legislación universal”6 promete un orden racional autónomo, independiente de toda religión o ideología, que trajera consigo la felicidad y la liberación humana.

En Argentina esa luz llegó con Domingo Faustino Sarmiento. El “padre del aula”, en su célebre Facundo encarna la tensión entre civilización y barbarie. No como opuestos, extraterritoriales uno del otro, sino como una conjunción inseparable: “civilización y barbarie”. Bajo el emblema de educar y domesticar, la violencia se justificó como progreso. El 27 de septiembre de 1844, escribía una nota en el diario El Progreso:“¿Lograremos exterminar a los indios? Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canallada no son mas que unos indios asquerosos a quienes mandaría a colgar ahora si reapareciesen.(…) Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin que ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado”7. El proyecto civilizatorio se mostró aquí en su reverso brutal.

No se trata de un exceso accidental. Como advirtieron Adorno y Horkheimer “la ilustración se relaciona con las cosas como el dictador con los hombres: este los conoce en la medida en que puede manipularlos”8. La razón, en su empeño de claridad, genera la sombra que reprime. La barbarie no es lo opuesto a la Ilustración, sino su consecuencia inmanente.

Esa lógica se torsiona y expresa al interior del sujeto. La conciencia moderna se sueña transparente a sí misma, dueña de sus pasiones, dominando sus afectos bajo la forma de un yo prudente y racional. Pero ese dominio se logra al precio de sofocar lo otro en sí mismo, lo oscuro, lo extraño, lo que no se adecua al ideal. El monstruo interior no desaparece: se convierte en el resto reprimido por el orden de la razón.

Goya lo vio con lucidez en su grabado “El sueño de la razón produce monstruos”. No hay civilización sin barbarie, ni barbarie sin civilización. Los monstruos no preexistían a la razón: nacen con ella.

Movimiento cinco 
Hospitalidad para los monstruos

Un balbuceo, un sinsentido, un extranjero.“Bar-bar”: así lo oía el griego antiguo, así lo bautizó. Bárbaro (βάρβαρος), nombra al extranjero: el que no habla la lengua griega, el que balbucea una lengua incomprensible. De ahí que quienes estaban fuera de la comunidad helénica -no solo enemigos, también vecinos- eran considerados bárbaros. La monstruosidad se desplaza a una diferencia lingüística. 

Roma hereda y expande esa noción con un dato político, barbaros los pueblos exteriores al imperio, incivilizados frente a los civitas. El medioevo constituye su bárbaro en el pagano o hereje. La modernidad hace lo suyo con la irracionalidad y el atraso. Cada época y cada cultura con su bárbaro, siempre extranjero, siempre otro, siempre caótico, siempre monstruoso. 

Derrida en 19969 observa que el Extranjero, en el diálogo el Sofista10 es también quien cuestiona la autoridad del logos: cuestiona a Parménides, con ello el principal argumento ontológico: que el ser es y el no ser no es. El Extranjero así desafía la autoridad del padre de la filosofía. En otros términos cuestiona al dueño de casa. Cuestiona la identidad de si. Cuestiona la tierra firme. 

¡Hospitalidad para el extranjero! Derrida sugiere dos modalidades: una condicionada por lo que debe cumplir, como habitualmente se le recuerda al extranjero cuando actúa de un modo inadecuado. Esta modalidad propone alojar al extranjero, pero bajo un proceso de asimilación que borre su diferencia. Trata de volver al otro idéntico a uno mismo, develándose así la cara hostil de la hospitalidad11. La segunda modalidad, la más radical, implica alojar la otredad sin condiciones, alojar la diferencia absoluta del extranjero, sin asimilarlo a las reglas y costumbres propias, se trata de una acogida sin asimilación.

Recordemos que, para Spinoza, la Naturaleza es un todo infinito. El Dios de Spinoza es un plano de inmanencia sin exterioridad, allí nada es totalmente extranjero, bárbaro ni monstruoso, sino todo expresión de la totalidad infinita. Solo desde allí cobra sentido la propuesta de Nietzsche en el Zaratustra: “¿Os aconsejo yo el amor al prójimo? ¡Prefiero aconsejarnos la huida del prójimo y el amor al lejano!”12. La invitación es clara: no huyamos corriendo a la identidad de sí, ni nos desesperemos por llegar a tierra firme. Naveguemos. 

Movimiento seis 
Superficie KRAKEN

“No me construiría ninguna casa (¡y mi felicidad se caracteriza por no ser propietario de ninguna!). Ahora bien, si tuviera que construirla, lo haría, como algunos romanos, justo en el mar. Ya me gustaría a mí compartir algunos secretos con esa bella monstruosidad.” 
(Nietzsche, La gaya ciencia, §240)

Deleuze y Guattari han entendido el espacio en dos modos. El espacio estriado se organiza por puntos fijos y trayectorias subordinadas; propone una lógica ordenada, delimita una superficie y se reparte en intervalos que se estructuran sistemáticamente. Tiene leyes fijas y estructura jerárquica: hay arriba y abajo, centro, derecho y revés. Aquí hay control, dominio y estabilidad. Es el espacio privilegiado de las ciudades, como un territorio dividido y parcelado. Es tierra firme. 

El espacio liso, en cambio, es el espacio privilegiado del mar abierto; es turbulencia y caos en un sentido productivo y creativo, es el espacio del acontecimiento en continuo devenir. No está delimitado, es infinito y descentrado; no hay arriba ni abajo, ni jerarquías. Es informal. No hay entrecruzamientos: se distribuye en variación continua; hay enmarañamientos. 

Si el espacio estriado se define por su sedentarismo, el liso por su nomadismo. Es el espacio de Ulises con su mḗtis, pura improvisación nómada. Es el espacio de los que se mueven en los intersticios, afirmándose en la diferencia. 

Pero no hay purezas: “el espacio liso no cesa de ser traducido, transvasado a un espacio estriado, y el estriado es constantemente restituido, devuelto a un espacio liso”13. Así, el hombre busca constantemente estriar el espacio liso: cartografiar el mar, trazar rutas comerciales fijas, convertir al nómada en sedentario, medir y controlar lo inmensurable, clasificar, asimilar, domesticar o exterminar lo monstruoso. Pero el espacio liso resiste, siempre encuentra una línea de fuga que escapa al control. Los monstruos, entonces, no son una exterioridad, son producciones de la fuga misma, manifestaciones donde el espacio liso resiste a ser totalmente estriado.

No hablamos del caos absoluto, sino de edificar una casa en el mar: crear nuevos tipos de orden que sean flexibles, rizomáticos14, múltiples y no jerárquicos, que se adapten a los flujos en lugar de negarlos. Así, la hospitalidad para los monstruos será la voluntad de devenir-otro, renunciar a la identidad, aprender a habitar la fragilidad nómade, dejarse afectar y componer con otros, con el mar y con sus monstruos. 

Ni dominación estriada ni el terror ante lo liso; experimentación, descubrimiento y composición. 

  1. Carl Schmitt (2007) Tierra y Mar. Editorial Trota. p 21. ↩︎
  2. Hesíodo (1978) Trabajos y días. En Obras y fragmentos. Gredos. ↩︎
  3. Platón (2010) Leyes. En Diálogos II. Gredos. ↩︎
  4. Von Nolcken, C. (2004). “The Wrath of the Northmen”: The Vikings and their Memory. University of Chicago Library – Fathom Archive. Recuperado el 23 de septiembre de 2025, de https://fathom.lib.uchicago.edu/1/777777122292/ [Cita de Alcuino; traducción propia del inglés] ↩︎
  5. El término alemán Aufklärung deriva de Auf (“hacia arriba”) y Klärung (de klären, “aclarar, esclarecer”). ↩︎
  6. Kant (2014) Critica de la razón práctica. En Kant II. Gredos. p. 115.  ↩︎
  7. La cita se suele atribuir a una nota publicada en El Progreso (Santiago de Chile, 1844) y ha circulado en compilaciones digitales y referencias secundarias. Más allá de la dificultad de confirmar la fuente hemerográfica directa, el pasaje resulta significativo en tanto condensa una posición que Sarmiento sostuvo de manera consistente en otros escritos y cartas: la identificación de los pueblos originarios con la barbarie y la justificación de su exterminio en nombre del progreso civilizatorio. ↩︎
  8. Th. W. Adorno (2020) Dialéctica de la Ilustración. Akal. p. 25 ↩︎
  9. Jacques Derrida (2021)  La Hospitalidad. Ediciones de la Flor.  ↩︎
  10. Platón (2010) El Sofista, En Platón III. Gredos.  ↩︎
  11. Hospitalidad proviene del latín hospes (huésped), emparentado con hostis (enemigo, extranjero). La raíz común muestra la ambigüedad entre acoger y confrontar ↩︎
  12. Nietzsche (2010) Así hablo Zaratustra, En Nietzsche II. Gredos. p. 78 ↩︎
  13. Deleuze & Guattari (2010)  Mil Mesetas, Capitalismo y esquizofrenia. Pre-Textos. p. 484 ↩︎
  14. Lo rizomático propone una lógica de conexiones múltiples, sin centro, trascendencia, ni jerarquías.  ↩︎

* Gonzalo Rodriguez

Psicoanalista. Docente de Filosofía y Lógica y de Psicoanálisis (Freud) en la Facultad de Psicología UNT. Docente colaborador del módulo de Filosofía en la Maestría en Clínica Psicoanalítica – UNT. Coautor de Lacan con los filósofos, Ed Grama.. Responsable de la Cátedra Libre para el Estudio del Pensamiento Contemporáneo (UNT). Fundador de Kraken.

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