THERIOTES

Por José María Nieva *

No puede negarse que los griegos fueron muy perspicaces a la hora de abordar los diferentes pliegues que conforman la condición humana. La abordaron desde la configuración de los mitos, los que todavía hoy siguen dando índices de una inquietante reflexión, así como también desde sus imperecederas tragedias, en las que dicha condición aparece en sus aspectos más oscuros a la vez que más luminosos. 

Los vaivenes que transforman la condición humana poniéndola al borde del abismo como hundiéndola en el mismo se muestran de manera inigualable en obras como Medea, así como en Hécuba de Eurípides, por ejemplo. Obras que han tenido una proyección singular, sinfónica, apasionante y pasmosa en la literatura y en la lírica. Todo ello revela que los griegos tuvieron una sensibilidad muy profunda para mirar la complejidad de la vida humana. Una complejidad tal que está atravesada no sólo por el deseo y sus múltiples caras sino también por las fisuras existenciales, las cuales sacan de nosotros los aspectos más temibles y más terribles.

Estos aspectos ponen al descubierto, sin duda, que en nosotros mismos hay algo monstruoso o bestial o quizá, digámoslo mejor, que podemos reaccionar ante lo inesperado de manera tan desconcertante que aparecen en nosotros actitudes, comportamientos, reacciones o aspectos monstruosos o bestiales. Ello nos enfrenta, sin duda, con la pregunta más inquietante: ¿quién soy? Esta pregunta tiene varias modulaciones en la historia humana y frente a ella es imposible soslayar las zonas más oscuras que nos constituyen, las oquedades que tejen nuestra frágil condición de seres humanos. Dentro de estas zonas encontramos la maldad o la perversidad.

De ellas ha trazado una cartografía singular ese profundo pensador que es Aristóteles, el cual reconoce con agudeza que no somos seres simples sino, por el contrario, complejos. Somos seres complejos precisamente porque aquello que forma parte de nosotros mismos, de nuestro ser humano que es “el deseo es de carácter bestial (therion)” (Política III 16), y, lo es ciertamente porque es ilimitado (Cf. Política II 7; Ética Nicomaquea I, 6; II 6)

Sus reflexiones éticas están entretejidas con observaciones psicológicas que todavía asombran por la punzante agudeza con la que muestra que ha observado atentamente el comportamiento humano, las acciones humanas, los diferentes modos en que se moldea el carácter. En su obra Ética Nicomaquea encontramos una psicología moral o, quizá mejor, un abordaje al problema de la moralidad desde un punto de vista de los fenómenos psicológicos.

Dentro de estos fenómenos se halla la theriotes, la bestialidad. Este término fue acuñado por Aristóteles para referirse a algo bien conocido por los pensadores anteriores.  Así, por ejemplo, en Platón encontramos el adjetivo tó theriodes para referirse al elemento bestial en la naturaleza humana (Crátilo 349 e 10; República 589 d 1). Este algo bien conocido se refiere a la existencia de seres humanos perversos o depravados que están sujetos a deseos repugnantes y que carecen de una reflexión racional apropiada y pertenece a uno de aquellos caracteres que han de ser evitados. Aunque reconoce que “el <individuo> bestial es raro entre los hombres”, sin embargo, no deja de señalar que “mayormente se da entre los bárbaros, aunque algunos <casos de bestialidad> se producen también por causa de enfermedades y deformaciones. Y tal es el modo como solemos reprochar también a quienes superan en vicio al resto de los hombres” (Ética Nicomaquea VII 1)

A primera vista la observación aristotélica parece tener un sabor etnocéntrico, un prejuicio de raza o de superioridad intelectual, y, con cierto anacronismo puede decirse discriminatorio o despectivo. No obstante, ¿no solemos nosotros, muchas veces, enrostrar a alguien cercano o no tan cercano con expresiones tales como “¡Sos una bestia! o ¡No podés ser tan bestia! cuando muestra actitudes o comportamientos poco adecuados? ¿Actitudes o comportamientos que exceden el límite de lo considerado normal? ¿Actitudes o comportamientos que exceden lo socialmente aceptable y convivencialmente adecuado? ¿No revelan, acaso, tales expresiones que algo se cuela en nuestro lenguaje que indica cierta concepción de la condición humana? Denominar a actitudes o comportamientos de tal manera ¿qué dice de nosotros mismos y de nuestra mirada sobre el otro? ¿De qué modo el lenguaje trasunta valoraciones o significaciones que van más allá de lo meramente lingüístico? Si en estas valoraciones o significaciones queremos señalar cierta irracionalidad no estamos lejos de las observaciones aristotélicas. Irracionalidad que viola la cordura o la mesura exigida para el comportamiento humano ético y político. Si con ella aludimos, además, a algo que escapa a la denominación de ser humano parece que reconocemos implícitamente que algo bestial ha en nosotros, que está en nosotros, convive con nosotros y que se escapa en situaciones o momentos inesperados. Algo dice de nosotros mismos que nos rehusamos a reconocer o a aceptar. Algo dice de nosotros mismos que negamos tantas veces de un modo tan enfático que paradójicamente terminamos por aceptar porque “todo exceso de insensatez, de cobardía, de intemperancia o de irritabilidad es o bien de carácter bestial o bien de carácter enfermizo” (EN VII 5)

Sin embargo, lo más penoso, lo más doloroso y lo más desconcertante, muchas veces, es reconocer que la bestialidad no está circunscripta a meras expresiones lingüísticas, sino que anida en actitudes y comportamientos perversos. La perversidad pareciera así una forma de bestialidad y mucho más la perversidad moral.

Aristóteles observa atinadamente que la perversidad (mochtheria) “se la llama perversidad sin más cuando es del tipo que corresponde a un ser humano. Pero también <en otros casos se habla de perversidad>, por medio del añadido de que es bestial o enfermiza y no <de perversidad> sin más” (Ética Nicomaquea VII 5) 

¿Qué significa que es del tipo que corresponde a un ser humano? ¿De qué modo el ser humano puede mostrar que es bestial? 

Es cierto que las enfermedades o las deformaciones o las mutilaciones pueden transfigurar de manera pasmosa el carácter de un ser humano, así como también puede decirse que algunos factores sociales pueden despertar o hacer estallar conductas larvadas que no sólo rozan lo bestial, sino que la muestran en su condición más ínsita en ciertos hombres. Las conductas paranómicas no dejan de asombrar y de cuestionar hondamente quiénes somos.

Sin embargo, la perversidad moral nos desconcierta, nos abruma y nos paraliza muchas veces porque nos enfrenta con ese tópico tan proteico como es el tópico del mal. Aristóteles dice de una manera perturbadora que “la maldad es algo voluntario” (EN III 5). Si la perversidad moral, entonces, es algo voluntario quiere decir que ella puede ser elegida. Si ella es elegida quiere decir que uno decide ser malo, que conscientemente decide hacer el mal y obrar mal. Si elegimos obrar mal ¿no dirá esta elección que nos mostramos bestiales porque renunciamos a ser quienes somos, seres humanos? Si elegimos obrar mal ¿no dirá esta elección que lo hacemos así porque es más fuerte el goce en producir daño? 

Es cierto que la imprevisibilidad de las circunstancias y el sino fortuito de algunos acontecimientos en el transcurrir de una vida humana pueden trastocar totalmente los planes de la misma o anularlos en el curso que se haya planificado ocasionando fracasos y desilusiones insoportables. Todo ello puede, muchas veces, minar un buen carácter y dislocarlo de múltiples maneras, pero ser perverso por decisión propia pareciera que resulta incomprensible.

La perversidad moral tiene caminos tan sutiles y tan sinuosos que se hacen indescifrables a primera vista, al igual que tiene ropajes tan dulces que son insoportablemente admisibles. La perversidad moral tiene la tonalidad de la bestialidad porque desfigura cualquier representación que pueda hacerse de un ser humano. La perversidad moral escapa a cualquier comprensión que intente justificarla, a cualquier comprensión que se atreva a considerarla como aceptable en el paisaje humano. La perversidad moral es mucho más monstruosa y mucho más bestial que tantos comportamientos animales que nos desconciertan y que nos repugnan.

La perversidad moral como una forma de bestialidad es repugnante porque “siempre es menos dañina la maldad de aquello que no está en posesión de un principio <propio de acción>, y el intelecto es un principio <de este tipo>. Es semejante, por lo tanto, a comparar la injusticia <propia de las bestias> con el hombre injusto. En efecto, cada uno de ellos es peor en cierto sentido, pues un hombre malo podría hacer muchísimas más cosas malas que una bestia” (EN VII 6)

* José María Nieva

Doctor en Filosofía (UNT). Profesor Asociado en Historia de la Filosofía Antigua y en Pensamiento Filosófico (FFyL-UNT). Ha publicado varios artículos sobre neoplatonismo en revistas especializadas y volúmenes colectivos. Ha traducido los tres primeros libros de Proclo, Teología Platónica para la Editorial Losada (Buenos Aires, 2016)

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