Lo común en la era del feed
Por Ramiro Russo
Publicado el 7 de octubre de 2026
¿Cuántos sucesos o ideas quedan hoy enterrados no por la censura explícita de una autoridad religiosa o política, sino porque no generan interacción, no capturan atención o no se ajustan a la lógica de las plataformas?
Si la verdad estaba antes condicionada por intereses políticos o religiosos, hoy, el filtro de lo real pasa por el tamiz de los algoritmos. Lo curioso es que, a diferencia de los censores del pasado, estos sistemas no tienen una ideología marcada ni buscan adoctrinar en el sentido tradicional. Su única ambición, mucho más pragmática y voraz, es encontrar la forma de secuestrar la atención el mayor tiempo posible.
En ese sentido, se habla ahora del algoritmo como una fuerza social, económica y política.
Hoy, la experiencia está personalizada por el feed.
Cada sujeto-usuario recibe una secuencia personalizada (imágenes, noticias, opiniones, escándalos, memes). De este modo, dos personas que habitan el mismo tiempo y lugar perciben, sin embargo, mundos completamente distintos. Una puede pasar semanas viendo videos sobre inseguridad, caos y decadencia; otra puede recibir una cadena incesante de optimismo financiero, innovación tecnológica y bienestar individual.
Cada sujeto se informa, se entretiene, se indigna y se reconoce dentro de un entorno cada vez más ajustado, haciendo que la experiencia -antes compartida- comience a fragmentarse. Lo común se erosiona porque el algoritmo está configurado para reducir el roce con la diferencia. Muestra aquello que ya gusta, aquello que ya se piensa y, en definitiva, todo aquello que confirma perfiles, devolviendo versiones optimizadas del sujeto-usuario.
Roberto Chuit Roganovich sostiene que los sujetos nos extraviamos en la digitalidad y que nuestras identidades están en crisis. Para graficarlo apela a la metáfora del archipiélago1.
El autor propone que la personalización del horizonte tecnológico que habitamos, mediante la autoconfiguración consciente e inconsciente de los algoritmos que mediatizan nuestras interacciones con el mundo, favorece una compartimentalización y desvinculación progresiva de las subjetividades.
Según su visión, hoy, como nunca antes, y al menos en el campo digital, tenemos la capacidad de “personalizar” nuestra propia experiencia del mundo. Solo consumimos aquello que nos interesa, solo hablamos de aquello que nos toca de cerca sin nunca sentirnos verdaderamente afectados por la exterioridad del mundo, por la figura del otro, por aquello que sucede concretamente en nuestras plazas, barrios, ciudades. Esta “autogestión identitaria” facilitó el terreno para la segmentación y estratificación del cuerpo social, sujeto encargado de disputar el sentido común.
El Edelman Trust Barometer (Barómetro de Confianza de Edelman) es un estudio anual global que arroja un concepto que intenta sintetizar lo que viene pasando a nivel empresario y comunicacional. Este año, el concepto que arrojó el informe es curiosamente el de la insularidad, es decir, la tendencia de las personas a no confiar, ni a poder estar con otros que piensan distinto, “un mundo que se repliega hacia el aislamiento”. A medida que se intensifica la ansiedad económica, la tensión geopolítica y la disrupción tecnológica, las personas reducen su mundo a círculos más pequeños y familiares que reflejan sus puntos de vista, lo que obstaculiza el progreso económico y social2.
Archipiélagos para Chuit Roganovich; Insulares para el Edelman Trust Barometer; Islas, para Alexandra Kohan3. La imagen es útil para nombrar esta forma contemporánea de existencia que se describe.
Sin embargo, no es la intención de este ensayo atribuir a los algoritmos una causalidad total e inmediata. Las plataformas no son las únicas responsables de urdir la crisis del lazo social. La polarización, la propaganda, el prejuicio y la manipulación existían mucho antes. Sí, la intención es dejar entrever el funcionamiento de estas tecnologías que aceleran, refinan y monetizan tendencias.
Frente a este escenario, se vuelve necesario abrir preguntas por las actitudes, lecturas e intervenciones posibles. Ni una nostalgia ingenua por un pasado supuestamente armónico ni la fantasía de abolir la técnica parecen salidas convincentes. La cuestión es ¿cómo recuperar formas de experiencia común?
A nivel individual, esto implica un esfuerzo consciente por preservar la autenticidad humana, la atención y la conexión social frente a la cruda lógica algorítmica. Un humanismo práctico que sustraiga, en alguna medida, de ese poder y priorice el bienestar, la dignidad y el desarrollo humano en la vida cotidiana, traducido en estas tareas:
La primera es alfabetizarse algorítmicamente. No es hacer un curso de informática sino entender, reflexionar y crear desde los nuevos lenguajes de esta época. Es lograr cierta “conciencia” que nos haga capaces de no ser interactuados por los algoritmos, sino interactuantes con ellos. Se trata de comprender, al menos básicamente, qué lógica utilizan, qué optimizan, cómo clasifican, qué visibilizan y qué dejan afuera.
En segundo lugar se trata de inventar, como dice Alexandra Kohan, lugares y espacios no para el consenso —que muchas veces opera como sinónimo de calma—, sino para el disenso. ¿Dónde podemos encontrarnos en la diferencia? ¿No puede haber, también allí, una forma de encuentro? El consenso tranquiliza, sin duda, y a veces resulta necesario. Pero hoy, sobre todo en este país, los consensos aparecen resquebrajados o desplazados. Entonces, se trata de abrir la posibilidad de ejercitarse en discutir, aprender a debatir, volver a exponernos a la fricción con el otro.
Como actos de resistencia se invita a: leer más despacio; preguntar antes de responder; soportar más tiempo la incertidumbre; no indignarse enseguida; entrar por decisión propia y no sugerida a medios, revistas, diarios, portales; cenar sin teléfonos; quedarse más rato en la sobremesa; ir al club o a la biblioteca.
Porque tal vez la reconstrucción de lo común dependa menos de grandes soluciones institucionales que de actos modestos, íntimos y urgentes.

Ramiro Russo es abogado por la Universidad Nacional de Tucumán. Se formó en Competencias para la Magistratura en la Escuela Judicial del Consejo Asesor de la Magistratura. Actualmente cursa la Diplomatura en Inteligencia Artificial en la Justicia de la UNT. Se desempeña como litigante en el fuero de la provincia de Tucumán.
