Del lado de los cuerpos toda la profundidad. – el oficio de llegar –

Publicado el 1 de octubre de 2026

[Escribí sin continuidad. Y ahora, parece que voy a necesitar ordenar las partes, o quizás decir que tan poderoso es el tiempo de jugar con el lenguaje haciendo mover el cuerpo que a veces escribir de lo virtual y la luz de una pantalla son la otra orilla. No por enemigas sino por falta de profundidad. Hoy vivir del arte, y muy en particular del teatro como espacio de clase es un desafío y ocurre que cada vez más tiempo pesa para volverse el productor de la imagen pulida de la escena. No creo que eso nos garantice un encuentro con lo poético, si lo creo con el dinero. Equilibrar es difícil si la reflexión es como vivir de un oficio. No son sentencias, es un dejar estar algo que siento que me anda pesando y por eso volviéndose pensamiento]

I

Una forma de llegar puede ser reconocer el espacio. Algo nuevo que se me presenta. una flecha que corre hacia algún lugar, una verticalidad acostada que orienta los ojos pero también el futuro del cuerpo. Imposible repetir la llegada, se pisa por primera vez y se siente el borde de la soledad física también por primera vez. Una primavera experiencial.

¿Cuántas veces camine una plaza hoy?

¿Recuerdo las baldosas que me llevan a la verdulería de este barrio próximo?

¿Puedo ver el cielo aunque me distraigan las hojas caídas?

Salto un charco de agua. Me acuerdo de la niñez. Salto a otro charco, no me quiero ensuciar. Camino y el tiempo es mi control. Llegar. Llegar tarde o temprano.

Alguien me preguntó anoche si también actuo. Sí además de dirigir actuo. Le digo que sí, que actuo, aunque hace unos dos años que no puedo llegar hasta ahí. Y lo de las clases no lo cuento, pero lo pienso. Porque siempre se me viene cuando alguien me pregunta que hago.

Clases de teatro. Hago eso, clases de teatro.

Desde ahí se articula todo. O casi todo.

Llegué.

II

Pienso escribir algo sobre el trabajo que hago. Pero no de los ejercicios de actuación, no de lo que se arma para ir hacer ficción. Tampoco de los detalles de los actores y las actrices que es cosa que me gusta mucho. Quiero hacer un tiempo para lo otro. Para ver como si estuviera parada desde muy lejos y pueda enterarme que esta práctica es un punto de hilación con el mundo. No mirarla para adentro sino para afuera.

Me dijo una alumna hace dos o tres días que hacer esto le sube el cortisol a la gente.

Será así que va queriendose el destino común.

III

Actuar en un habitación que se le dice taller no tiene contrato formal con nada, tiene un acuerdo de existencia conmigo, con los que llegan, con otros espacios que nos han hecho llegar hasta ahí. Con las lecturas y las obras de teatro ajenas. Se visita el tiempo de la presencia. Un mano a mano con los otros. Cómo una lucha de cuerpos sin heridos de gravedad. Y la clase es doble clase: la que pasa cerca de las manos y la que pasa más al fondo, articulando pensamientos, palabras y fabricando una nueva salida, y eso casi de manera literal. Abrir la puerta de la sala y salir.

IV

Este juego de presencias y huidas impactado en el espacio¿Qué toma de mi?¿La voz? ¿La piel? ¿Eso que tengo detrás de los ojos? ¿Lo que imaginé a la mañana?¿Lo que imaginé casi toda la vida entera? Tener un cuaderno con ejercicios para que otros actúen me hace actuar un poco a mi también. Escribo mis tareas. Miro, desarmo lo que vi por un rato y a veces uno cosas pasadas con el futuro mientras bordeo lo que yo misma llamo entrenamiento. Mi trabajo es dar clase. Ofrecerse para eso. No hay ninguna otra forma de hacerlo que no me tome el espíritu en el mejor de los casos, en una buena versión de mi interior. De lo contrario hacer clase sin el olvido de sostener el trabajo seria una tortura.

Quiero decir con esto que este oficio, no puede pesar igual que todas las otras cosas que hacen andar el mundo porque si fuese así te anularía el entendimiento. Una maquinaria pesada nos condenaría a la representación, a la repetición y entonces, esta tarea de las artes escondidas, poco importante, en tanto misteriosa como un ritual de unos pocos, moriría.

Es invierno sigo dando clases. Pero escribo en instagram que las inscripciones siguen abiertas. Pido una nota en algún medio local, quizás mostrar algo de lo que hago. El territorio plano empieza a tensar mi ocupación. Hay un nuevo riesgo.

V

¿Actuar se puede parecer a subir una foto con ojos desenfocados? No

Miles de imágenes. Miles de imágenes.Los gestos de todos pueden parecerse, qué peligro.

El mapa de la virtualidad recorre mi mano. Quizás solo la yema de los dedos. De un dedo.

Que difícil no poder llegar. No se abren puertas.Solo cosas que se parecen. Ofertas

Ofertas de clases. Yo lanzo una promoción. Apago el celular, ahora por las noches apago el celular. Estoy tarde.

VI

Tiempo para armar el futuro, eso soñé, yo misma me decía que el dolor de entrecejo que tengo tan seguido es el exceso de luz y que por eso la ceguera del horizonte. Ahora que es invierno quizás me convenga caminar más y aprovechar el oscuro, como una promesa a lo más primario: el misterio de andar dando vueltas con el tiempo olvidado. No recuerdo porqué elegí el teatro y mucho menos dar clases, si sé que me importa aunque me hace trastabillar sostenerlo en el tiempo. Me importa porque me alcanza con cosas muy simples, y a veces con cosas inmensas. No puedo especificar la cantidad de fantasía que uno alza para hacer esto. Me enamoro y me desenamoro de una escena, de un gesto, de unas cosas raras que le decimos teatro.

VII

A fin de mes volveré a actuar.

Llegaré otra vez.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *