Encierros
Por Matías Apestey
Publicado el 24 de julio de 2026
«Esto es realidad, cualquier parecido con la ficción es pura casualidad». ¿O era al revés?
Ese fue el nombre del taller que organizamos con unas colegas en las jornadas para profesionales en formación en Salud Mental del año 2005.
Llevábamos trabajando en un «hospital psiquiátrico» varios años. Pasó antes de la Ley Nacional de Salud Mental, que vino a traer a los hospitales y al campo de la Salud Mental, la doctrina de los derechos humanos.
Otro mundo.
Pero el mismo mundo.
No es poco que ahora ya no existan, en los servicios de los hospitales psiquiátricos, las llamadas habitaciones de contención para pacientes considerados peligrosos. Lugares que si no te lo explican y simplemente los ves con tus propios ojos, son calabozos. Cuadrados de cemento espantosos con su inodoro inmundo al lado de la cama, también de cemento.
Tampoco es que dejaran de existir las prácticas coercitivas en los hospitales y en las instituciones de salud mental. La ley cambió las cosas. No lo suficiente, pero «algo» las cambió.
Habíamos escrito unos pequeños textos disparadores del debate. Fragmentos de historias reales de internados locos y pobres. Los pacientes crónicos de los hospitales psiquiátricos de entonces. A la vez que describíamos las instituciones que existían en Tucumán, las públicas y las privadas, proponíamos que los participantes del taller, en grupos, diseñaran trayectorias clínicas e institucionales inventadas. Imaginar un devenir para vidas en ese contexto.
La tarea del trabajo grupal en el taller era, intentar ficcionalizar las historias en instituciones que eran iguales o aún más terribles que aquellas historias, hablar del campo de la salud mental con la realidad clínica e institucional de la época, así dimensionar la responsabilidad de la tarea de psicólogos y psiquiatras en la salud pública. Fue hace ya veinte años.
La verdad es que nadie más que nosotros mismos, los humanos, hemos creado esas instituciones de encierro. Las inventamos para personas insensatas que resultaban inadecuadas para la vida en las ciudades, en términos de comportamientos y olores. Creamos así las cuatro paredes más crueles.
Nos horrorizamos con la aparición del nazismo en la historia, pero sostuvimos y sostenemos lugares parecidos. Las hemos denominado Instituciones totales. Donde el que entra no sale. Deja de ser quien era; pierde el espacio propio que habitaba, su casa, su barrio, pierde su territorio y sus vínculos.
Como sociedad, criticamos a estas instituciones, incluso las destruimos, las cerramos. Nos dimos cuenta de que en el mundo hay espacio para todos y para cada uno. Que todos somos iguales. Que todos somos más o menos vulnerables. Que los locos son particularmente vulnerables. Nos hemos enterado de que cada persona tiene derecho a vivir como elija, en la medida de sus posibilidades. Es importante que los terapeutas entendamos así estas cosas. Pero el manicomio actual no tiene paredes, está en todas partes.
¿Es posible escuchar de igual a igual a un loco?
Escuchar la locura, escuchar lo diferente es hoy un desafío del orden de lo imposible. Escuchar a los niños en su literalidad es más amigable, pero no está ya garantizado. La literalidad impera en la locura. La metáfora es un punto de salida de la niñez, pero también de la locura.
El escuchar es cosa seria. Aunque pueda sonar gracioso lo que una persona loca o un niño dice, no lo es. Parecería redundante, pero la literalidad tiene una relación fundamental con la verdad.
Pienso que como sociedad estaríamos mejor si aprendiéramos a escuchar a los locos. La ley es congruente con esa idea, pero es solo una ley. Faltan aún políticas de salud mental. Construir un lugar amable para todos y cada uno como sociedad.
Una utopía.
1. ¿Dónde estás?
Un hombre con un retraso mental grave ostentaba una gran sonrisa al entrevistarlo, lo que me parece una virtud en cualquier terreno. Para comprobar su orientación le pregunté:
—¿Vos sabés dónde estás ahora?
—¡Claaaro! ¡Aquí! —respondió riendo.
2. Lililo
En mi primera semana como residente de psiquiatría, por orden del médico de guardia, un paciente quedó internado en el servicio en donde yo estaba trabajando. Lililo, un hombre mayor, cabellos blancos y largos, que afirmaba ser Gabriel Omar Batistuta. También ser rubio y de ojos celestes. Había sido llevado al hospital por la policía en contra de su voluntad. La razón: deambular y hablar solo. Después me enteré de que en Tafí Viejo, Lililo era, como suele decirse, el loco del pueblo. Muy querido por los taficeños que siempre le daban un lugar. Lo entrevisté en el consultorio. Su carisma y su personalidad me impactaron. Pregunté al médico de guardia por qué lo internó. No me convenció su respuesta. Me ordenó que lo pasara a la habitación de contención. Medicación. Los enfermeros lo llevaron. Lililo fue encerrado y mi objeción rechazada. Primera experiencia como psiquiatra, primer desencuentro con la psiquiatría y sus manicomios. Un par de horas después me acerqué a su habitación-celda para ver cómo estaba. No estaba.
Lililo había roto el cielo raso, levantó la chapa del techo y se escapó, para seguir ejerciendo de loco del pueblo en Tafí Viejo.
3. Carlitos
Estaba internado en un psiquiátrico hacía años. No hablaba. Su aspecto daba miedo, pocos dientes, chorreando baba y de andar torpe. Según se decía, poseía una fuerza descomunal. Su esquema de medicación era excesivo. Hacía mucho tiempo se pretendía mantener dopado a este tipo que se suponía un peligro para todos. Carlitos, su nombre, era el resto de humanidad amable. Pasaba mucho tiempo encerrado porque «molestaba». Se resistía con lo único que tenía a mano, su propio cuerpo. Cuando estaba afuera de su habitación de encierro, ansiaba treparse a los colectivos. Con algún descuido del personal, lo conseguía. Sí se iba, lo traía nuevamente la policía, una y otra vez.
Al empezar a trabajar en ese servicio me impactó él, su vida, su inermidad. Le fui bajando poco a poco la medicación, discutiendo con enfermeros que afirmaban que sería incontrolable. No fue así. En una de sus escapadas, pedí a unos residentes que subieran al colectivo para saber adónde iba. Solo daba vueltas. Se convirtió en su rutina, subir al colectivo de la línea 8 y dar una vuelta por todo su recorrido. Al finalizar bajaba nuevamente en el hospital. No hacía mal a nadie. Solo había que tolerar su aspecto. Todo un desafío estético para una sociedad democrática. No más encierro.
Carlitos sonreía. Así de simple.
4. Grupo
Cuando trabajé con un grupo terapéutico destinado a pacientes psiquiátricos crónicos, unas diez personas sentadas en ronda, abrió la puerta del consultorio un internado que yo no conocía. Lo hice pasar. Se sentó y tomó la palabra:
—¡Yo vengo a salvar la tierra!
—¿Cómo es tu nombre? —le pregunté, a modo de presentación.
—Juan Salvatierra —contestó.
5. Otro grupo
Cada uno de los participantes hablaba de su historia, sus sufrimientos, sus dificultades para vivir fuera y dentro del hospital. Se interrumpió la sesión de terapia grupal en el momento en que Alejandro me dijo: «¿Puedo irme? Ha venido mi familia». Por la ventana del consultorio se veían dos personas mirando. Le contesté que sí, que por supuesto, pensando que seguramente prefería estar con ellos y no en la reunión. El hombre se levantó de su silla, se dirigió hacia la puerta. Al atravesarla empezó a correr en sentido opuesto al que estaban sus familiares.
Logró lo que quería.
Irse.
6. Persecución
Un paciente que atendía desde hacía varios años, con diagnóstico de esquizofrenia paranoide, estaba con medicación psiquiátrica y en terapia. Con ese tratamiento, que él cumplía, estaba compensado, sosteniendo una vida prácticamente normal. Un día al hablar de todo lo que le había acontecido me dijo: «Acepto que tengo una psicosis, ¡pero de que he sufrido una persecución, he sufrido una persecución!».
7. Poder judicial
Un niño de nueve años era víctima de padres en una guerra interminable que involucraba graves acusaciones cruzadas, y una desatención total de las necesidades emocionales de su hijo. En el momento en que su vida naufragaba entre las agresiones de sus padres entre sí, y la batalla entre abogados, el juez, defensores y docentes, me dice: «¿Vos tenés poder judicial?». Necesitaba un superhéroe que pusiera un freno a tanta locura de odios y hastíos.
Hay quien define a la especie humana como animales racionales, es decir, por la vía del pensamiento inherente; por esa especificidad, dejando de lado otros aspectos igualmente fundamentales.
Hay otras definiciones que me han impactado más respecto de lo humano que somos: la de bípedos implumes. Hermosa, viene con imagen inmediata.
U otra, la de conglomerados de albuminoides. Más sofisticada, científica. En fin, no queda otra que decir: somos palabras. Somos letras, incluso.
Tanto es cierto que sobre gustos no hay nada escrito como respecto lo que es lo humano. No porque no haya nada escrito, sino porque lo escrito no alcanza.
Nunca.
Leí por ahí que las historias de vida de los hombres y las mujeres son todas prácticamente iguales, salvo por pequeños detalles.
Los locos son iguales a los cuerdos salvo por diminutos elementos arbitrarios y contingentes.
Todos somos iguales, de ahí viene esa afirmación, la de los derechos y la dignidad humana.
También todos somos diferentes. No hay contradicción.
Pero en la realidad lo que solemos ver es desigualdad e indiferencia.
En contra de eso, resta apostar a vivir hablando y escuchando a otros, tan vulnerables como uno mismo, compartiendo un mundo con la convicción que hay en él un lugar para todos y cada uno.
¿Lo hay?

Matías Apestey (1976, Puerto Madryn, Chubut) es médico psiquiatra, psicoanalista y escritor. Ha ganado la convocatoria del Fondo Editorial Aconquija (2025) con el libro de cuentos El mismo cerro, proximo a publicarse.

Verdaderamente orgulloso de poder tenerte a mi lado cuando se me antoja-
Leí con detenimiento todo este artículo. Me pareció maravilloso, sobre todo en la parte humana (más que médica, de la cual sos un capo)- Espero algún leer más, me encantó-
TQM
Querido amigo, que prazer ler seu testemunho vivo do holocausto na saúde mental. E sei do seu esforço , em mais de duas décadas para mudar essa realidade tão desumanizante. Fico muito feliz de termos nos encontrado nas encruzilhadas da vida!
Desafiante y humano, este “Encierros”.
Afilada la crítica o denuncia de las instituciones totales y la alerta sobre las políticas de Salud mental pasadas y presentes.
Y a la vez, un hermoso convite y posibilidad en torno a lo humano, y a esa amalgama realidad/ficción.
Diagnósticos, prejuicios y apuros qe encierran; escuchas, miradas y palabras que abren y liberan.
Matías, hasta aquí y desde hace años te elijo como mi analista y ahora también como escritor que nutre.